Violencia estética parte 2: la tiranía del cuerpo perfecto que nos persigue desde la infancia

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Personas conversando y haciendo ejercicio — bienestar físico y mental.

En el anterior post de violencia estética, lo planteábamos desde la perspectiva de la incidencia de este tipo de violencia en los menores y el proceso que se va produciendo hasta que somos adultos. En este post, nos gustaría dar un enfoque más marcado por las consecuencias y la afectación de la violencia estética que sufrimos como adultos.

Cuando la mirada externa se vuelve juez interno

Vivimos en un mundo en el que el cuerpo ha dejado de ser un espacio propio para convertirse en un escenario que sentimos obligado a exponer, corregir y mejorar. En cada foto que subimos, en cada espejo que cruzamos, en cada comentario disfrazado de consejo… se cuela una forma de violencia sutil pero constante: la violencia estética.

Esta violencia no deja marcas visibles en la piel, pero sí en la autoestima, en el deseo, en el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Se manifiesta como esa sensación de no estar nunca del todo a la altura, de tener siempre algo que mejorar, ocultar o corregir. Y aunque suele intensificarse en la adultez (con la exposición laboral, social y afectiva) su semilla muchas veces se planta en la infancia.

Una infancia domesticada por la imagen

Nuestra relación con el cuerpo no nace en la madurez. Se gesta en los primeros años de vida, cuando comenzamos a recibir señales, gestos y palabras que nos dicen si somos “guapos”, “gorditos”, “delgados”, “graciosos” o “desarreglados”. Y con esas etiquetas, aprendemos también a mirar desde fuera. A juzgarnos. A adaptarnos.

Las caricaturas con proporciones imposibles, los comentarios inocentes sobre “quién ha engordado”, los filtros de belleza en juegos y redes, todo eso empieza a formar parte de nuestra narrativa corporal. Así, cuando llegamos a la adultez, no nos miramos como un cuerpo que sentimos, sino como una imagen que debe cumplir con un ideal.

Redes sociales y espejos digitales

En la vida adulta, esta presión estética se intensifica. Las redes sociales han creado un escaparate permanente donde el cuerpo se convierte en carta de presentación, en marca personal, en medida de valor. No solo se trata de verse bien, sino de cumplir con una estética concreta: joven, delgada, tonificada, saludable (aunque a veces, solo en apariencia).

Detrás de muchos discursos sobre “autocuidado” y “bienestar” se esconde un mandato estético que no respeta la diversidad corporal ni los procesos vitales. Se nos dice que debemos querernos tal como somos, pero al mismo tiempo se nos bombardea con soluciones para cambiar, adelgazar, rejuvenecer, mejorar.

Esto genera un conflicto interno profundo. La violencia estética no es solo externa. También es la voz que hemos interiorizado y que, desde dentro, nos exige, nos culpa y nos avergüenza.

Consecuencias invisibles pero reales

Esta presión constante sobre el cuerpo tiene efectos psicológicos que a menudo pasan desapercibidos o se normalizan. Ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria, dismorfia corporal, aislamiento social, relaciones afectivas marcadas por la inseguridad o la comparación. Incluso el placer sexual puede verse alterado por la vergüenza corporal o la hiperexigencia estética.

En consulta, escuchamos muchas veces frases como: “no me gusto”, “no me reconozco”, “me esfuerzo y nunca es suficiente”. Detrás de esas palabras suele haber una historia de miradas, comentarios y vivencias que han ido esculpiendo una imagen corporal marcada por la autoexigencia y el rechazo.

Reconciliarse con el cuerpo: un acto de sanación

Desde la psicoterapia, uno de los trabajos más importantes que podemos hacer es ayudar a las personas a recuperar una relación más sana, amable y sentida con su cuerpo. No como objeto que se mira desde fuera, sino como un lugar habitado, que tiene memoria, historia, heridas y fortalezas.

Trabajamos con técnicas como la terapia sensoriomotriz, EMDR, la memoria autobiográfica o la psicoeducación, para reconstruir una narrativa corporal más compasiva, más real. Muchas veces, esto implica volver a conectar con las experiencias infantiles donde comenzó esta ruptura. Porque para sanar, necesitamos mirar también hacia atrás y comprender desde dónde empezamos a desconectarnos.

El cuerpo no necesita ser perfecto. Solo necesita ser escuchado.

En Evolet Psicología, creemos profundamente en el valor terapéutico de reconciliarse con el propio cuerpo. No desde la exigencia, sino desde la aceptación. No como una tarea individual, sino como un acto político y colectivo frente a una cultura que nos enseña a odiarnos si no encajamos.

Como decía John Berger: “El modo en que nos miramos a nosotros mismos ha sido influido por cómo somos vistos”. Y sin duda, es hora de cambiar esa mirada.

Recupera el control de tus emociones y se dueño de tu vida

Compartir lo que te pasa con alguien de confianza ayuda a reducir la carga emocional. A veces, verbalizar lo que nos preocupa ya es un paso hacia la solución.

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