La violencia estética parte 1: una herida silenciosa en la infancia

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Mujer tomando foto con el teléfono viéndose al espejo

La belleza convertida en dictado

Vivimos en una época en la que la imagen ha ganado un protagonismo sin precedentes. Las redes sociales, las series y películas, los anuncios y videojuegos imponen un modelo de belleza tan uniforme como inalcanzable. Bajo el disfraz de la aspiración, se instala una forma sutil y persistente de violencia: la violencia estética.

Esta forma de violencia no se expresa con gritos ni golpes, pero deja cicatrices profundas. Consiste en la presión constante, y a menudo invisible, de tener que cumplir con unos estándares estéticos que no son reales, ni sanos, ni humanos. Y aunque suele visibilizarse más en mujeres adultas, sus efectos comienzan a incubarse desde edades muy tempranas.

Infancias atravesadas por la mirada

Los niños y niñas de hoy crecen en un mundo hipervisual. Ya no solo observan el cuerpo de sus madres o padres, o los personajes de cuentos ilustrados. También ven influencers con rostros filtrados, personajes animados con proporciones irreales, y protagonistas de videojuegos que perpetúan estereotipos de género y belleza.

Lo preocupante no es solo lo que ven, sino cómo lo integran. A través del juego, el lenguaje, la comparación y la mirada del otro, comienzan a construir una imagen de sí mismos que a menudo choca con esos modelos idealizados. Niñas que con seis años ya se sienten “gordas”, niños que rechazan su cuerpo por no ser “fuertes” o “musculosos”. La violencia estética se infiltra como una exigencia interna, disfrazada de deseo de aceptación.

Los dibujos también educan

Un fenómeno especialmente llamativo es la transformación de los dibujos animados. Personajes femeninos que antes eran redonditos, diversos y hasta torpes, han pasado a tener cinturas imposibles, ojos desproporcionados y posturas hipersexualizadas. La naturalidad ha sido reemplazada por la apariencia. Y esto tiene un coste.

Cuando los dibujos se convierten en espejos distorsionados, los niños aprenden que hay formas de cuerpo “correctas” y otras que deben ser corregidas. Aprenden que hay que “verse bien” para ser querido, admirado, aceptado. Esta idea se siembra antes incluso de comprender que el cuerpo es también un refugio, una historia, un territorio de juego, no solo una fachada.

Los filtros de la infancia

El auge de los filtros en redes sociales y las aplicaciones de edición de imagen ha dado lugar a una paradoja dolorosa: la identidad construida desde la negación del cuerpo real. Los adolescentes —y cada vez más preadolescentes— no solo consumen contenido, sino que también lo producen. Suben sus propias fotos, se graban, se exponen. Y con ello, también se comparan. Una y otra vez.

Lo que antes era un proceso natural de exploración y afirmación del yo, hoy se ve contaminado por el miedo a no “dar la talla”. La autoestima se convierte en una moneda oscilante, regulada por “likes”, comentarios o silencios. Y en este contexto, no son pocos los casos de ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria, dismorfia corporal y aislamiento social en edades cada vez más tempranas.

Educar desde el cuerpo sentido

Frente a esta violencia estética, la psicología tiene un papel esencial: ayudar a desmontar estos mandatos y acompañar a las personas —niños, adolescentes y adultos— en el reencuentro con un cuerpo vivido, habitado y amado.

En consulta, muchas veces trabajamos desde la psicoeducación, la memoria autobiográfica o la terapia sensoriomotriz para sanar la relación con el cuerpo. Es un proceso de rehumanización: volver a sentir el cuerpo no como un objeto que se mira desde fuera, sino como un sujeto que siente, respira y merece respeto.

Y en el caso de los más pequeños, este trabajo comienza en casa, en el colegio, en los referentes afectivos. Es urgente devolver a la infancia su derecho a ser cuerpo sin juicio, sin exigencias, sin moldes. Debemos recordarles que valen por lo que son, no por cómo se ven.

Una tarea colectiva

Como profesionales de la salud mental, como madres, padres, educadores y sociedad, tenemos una tarea pendiente: desactivar la violencia estética desde la raíz. No se trata de negar la importancia del cuerpo, sino de resignificarla. Enseñar a mirarse con ternura. Promover la diversidad real. Y construir un entorno donde el cuerpo sea un lugar de encuentro, no de batalla.

Como decía Carl Rogers, “la curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. Solo desde esa aceptación profunda puede comenzar un cambio verdadero. Y ese cambio, hoy más que nunca, es urgente.

Recupera el control de tus emociones y se dueño de tu vida

Compartir lo que te pasa con alguien de confianza ayuda a reducir la carga emocional. A veces, verbalizar lo que nos preocupa ya es un paso hacia la solución.

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